Polla. Siempre he querido empezar así un texto. Puede parecer infantil, tal vez incluso lo sea, pero ahí está El Hormiguero, con un 3.0 que no sé exactamente qué representa, ganando premios a no sé que farsa televisiva y con una audiencia que aparece por la no competencia del resto de cadenas, eso sí lo sé. Y Pablo Motos cuando quiere decir «polla» dice «pilila», y luego se ríe, tapando la boca, como un niño chico. Hay un paso, sí.
A lo mejor resulta que decir «polla» no es tan infantil, a lo mejor no es adecuado para estómagos sensibles, creados así de sensibles por convención, por no destacar sobre el resto de estómagos sensibles que deben convulsionar al saborear palabras malsonantes. Quizá decir «polla» sea transgresor; ahí está Luna Miguel, que dijo «puta» y convocó a los modernos, o a los posmodernos, o a los postmodernos, o como sea que quieran llamar a lo que vino después de y pronto será lo que hubo antes de, pero que en realidad es lo mismo de. Siempre. Lo de Luna no es tan así, claro; tiene más mérito, tiene más profundidad, tiene más que soltar por soltar. Lo de Luna no es un «polla», es un «polla caramelizada». Antes al menos había un intento de encubrir ese miembro erecto, una forma más sugerente de mencionar el poder de un hombre, más cuidado a la hora de mantener firmes las convicciones propias. O si no un estilizado, al menos: un enorme pene que recorría el mundo entero por sol y sombra, descubriendo los misterios y los por qué y abriendo camino hacia la enorme explosión de lefa. Una verga que a cada salto cuántico atravesaba una dimensión paralela, que desenfoca el universo entero para luego dejarlo del revés, boca abajo, pies arriba, los sensibles estómagos testiculares mirando al cielo. Pero esto es nostalgia, todo, recuerdos, y no valen una mierda.
A lo mejor decir «polla» no significa nada.
