– Perdone, ¿conoce aquí cerca la casa de apuestas El Pony Pecador?
– Sí.
– ¿Me puede indicar la dirección?
– Es justo al final de la calle.
– Perfecto. ¿En qué sentido?
– No entiendo.
– Sí, al final de la calle, ¿subiendo o bajando?
– Solo hay un fin del mundo.
– ¿Y sabe cuándo llega?
– Aún le queda.
– Voy a tardar bastante entonces en llegar a El Pony Picador.
– No se preocupe, puede usted cabalgarme hasta allí.
– Se verá un poco raro, no tengo silla de montar.
– No se preocupe, un amigo mío tiene una.
– ¿Y vive cerca?
– Sí, es aquí al lado, justo frente a El Pony Pisador. ¿Lo conoce?
– Ah, lo conozco, lo conozco. Un tipo me dijo que es justo al final de esta calle.
– Así es. El problema es que se me ha olvidado andar.
– ¿Cómo, ahora mismo?
– Hace un rato, cuando me dijo usted su nombre. No se lo confesé por no preocuparle.
– ¿Y cuál es?
– ¿El qué?
– Mi nombre. Cuando me ha dicho usted el suyo he olvidado el mío.
– Pero si yo no le he dicho el mío.
– David debe ser mi nombre entonces. Pensé que era el suyo.
– David no me pega.
– No, tiene usted más cara de Marcos.
– Mis amigos me llaman Marc.
– Vaya, con amigos y todo. Está claro que se lo ha montado usted bien.
– Venían con instrucciones. El principal problema de montaje son las instrucciones.
– Yo nunca las leo.
– Eso le digo. ¿Quiere conocerlos?
– ¿A todos?
– Bueno, son dos. Están aquí cerca, en un sitio llamado El Pony Posador.
– ¿El antro gay?
– Sí, es en esta calle, pero no sé a qué altura.
– Es al final de la calle.
– Perfecto. ¿En qué sentido?
– En el de las agujas del reloj.
14.
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